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¿Por qué trato más mal a los que amo (cercanos) que a los que apenas conozco?

“Con extraños: paciencia. Con los míos: enojo. ¿Te ha pasado? 💭”
“Con extraños: paciencia. Con los míos: enojo. ¿Te ha pasado? 💭”

Seguro te ha pasado: por ejemplo, en el trabajo eres amable, paciente y hasta sonríes cuando alguien te pisa sin querer. En cambio, cuando llegas a casa,  por un simple "no hay leche", respondes como si te hubieran declarado la guerra. ¿Por qué somos así? ¿Por qué nuestros seres más cercanos reciben nuestras peores versiones, mientras que los extraños se llevan nuestra amabilidad?


Parece contradictorio, pero es un patrón más común de lo que pensamos. ¿Por qué somos capaces de tener paciencia con desconocidos y al mismo tiempo ser duros o impacientes con quienes más queremos?


La paradoja de la confianza

Con los desconocidos, se activa un filtro social: no queremos quedar mal, parecer groseros o causar conflictos innecesarios. En cambio, con nuestros seres queridos… pues, sabemos que seguirán ahí. No sentimos la misma presión de impresionar, lo que nos da “permiso” para ser más crudos o impacientes.


La psicóloga Harriet Lerner explica que la cercanía y la intimidad despiertan emociones intensas. Cuanto más importante es alguien para nosotros, más posibilidades hay de que también nos detone enojo, frustración o impaciencia. Con los cercanos bajamos la guardia, nos sentimos con “permiso” de mostrar lo peor de nosotros, justo porque hay confianza.


En cambio, con extraños y conocidos superficiales solemos cuidar nuestra imagen, tratamos de ser cordiales, porque sabemos que no hay historia ni lazos que nos respalden si cruzamos la línea.


Lo cotidiano

Pensémoslo, por ejemplo: un desconocido en la calle nos empuja y respiramos hondo; nuestra hermana toma nuestro suéter sin avisar y estallamos. No se trata de que queramos más a una persona que a otra, sino de que con nuestros cercanos hay terreno fértil para que salgan emociones más crudas.


Y aunque puede sentirse natural, no siempre es sano. A la larga, ese trato repetido lastima, erosiona la confianza y genera heridas.


Una mirada desde la Gestalt

La Terapia Gestalt dice que el contacto auténtico ocurre cuando hay fricción, diferencia y hasta conflicto. Los más cercanos son espejos que activan nuestras polaridades y heridas pendientes. Allí es donde se nos despiertan las emociones más fuertes.


El reto no es evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo de una manera que no destruya.


La autenticidad no significa permiso para herir, sino poder expresar lo que sentimos sin invalidar al otro.


La olla exprés emocional 💣🔥

Durante el día acumulamos estrés, preocupaciones y frustraciones. Y, ¿dónde explotamos? Exacto: en casa, con quienes nos sentimos seguros. No es que queramos lastimar a nuestros seres queridos, sino que el hogar se convierte en el lugar donde soltamos todo lo reprimido. ¿Justo? No. ¿Humano? Totalmente.

 

La expectativa del amor incondicional 💞⚖️

En el fondo, creemos que quienes nos aman nos perdonarán todo. Sin embargo, el amor no es un cheque en blanco para actuar sin consideración. A veces, nos aprovechamos de esa seguridad y olvidamos que nuestras palabras y actitudes también dejan huella no solo en el otro, sino en nosotros mismos también y, sobre todo, en la relación

 

Con las personas cercanas nos permitimos desahogarnos y hasta nos desquitamos por algo que nos ha pasado, lo cual es algo “tolerable”… hasta que se nos pasa la mano y la relación empieza a desmoronarse y, en un descuido, hasta se pierde

 

¿Y entonces? ¿Cómo mejoramos esto? 🚀💡

  1. Darse cuenta: observar cuándo repetimos este patrón y con quién. Estar alerta a cuando lo hacemos es el primer paso para romper esta conducta tan repetitiva y familiar que ya ni atención le ponemos. Sale en automático


  2. Respirar antes de reaccionar: lo que contestamos en un segundo puede marcar la relación. Hace algunos años hubo una gran campaña que se llamaba “Respira y cuenta hasta 10”. Funciona, ¡el chiste es acordarnos de hacerlo!. Al principio nos saldrá de vez en cuando, si insistimos lo aprenderemos a hacer


  3. Nombrar en lugar de atacar: no es lo mismo decir “me siento frustrado” que “siempre tú me haces lo mismo”.


  4. Recordar que nuestros seres cercanos también merecen nuestro cuidado: no demos por hecho que siempre estarán allí. La pregunta es: “¿trataría yo de esta manera a mi jefe o mi mejor amig@?”. Recordar eso sirve


Para despedirnos

A quienes más queremos les debemos también nuestro lado amable. No porque tengamos que fingir, sino porque la cercanía merece cuidado. Si somos capaces de pedir perdón a un desconocido por tropezarnos y golpearlo sin querer, también podemos detenernos un segundo antes de soltarle un juicio a quien duerme bajo nuestro mismo techo. Transformar ese patrón es una forma de agradecer la confianza de quienes están en nuestra vida, día tras día.


💬 Y tú, ¿te has dado cuenta de que eres más paciente con extraños que con tus cercanos? ¿Cómo lo manejas? Escríbenos en los comentarios, ¡queremos leerte! 👇😊

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