"La Nostalgia Aparece"
- Consuelo Ayo

- 18 sept 2025
- 6 Min. de lectura

¿Son los viejitos los dueños de la nostalgia? Podría parecerlo, porque siempre se dice que con los años se vuelve más fuerte. Y la verdad es que aparece en cualquier momento y edad…
Según la Real Academia Española (RAE), la nostalgia se entiende como pena o tristeza melancólica provocada por la ausencia o por el recuerdo de una dicha perdida. Es decir, tradicionalmente se ha asociado a un sentimiento doloroso. Sin embargo, investigaciones psicológicas más recientes han ampliado esta visión.
Por ejemplo, estudios de Constantine Sedikides y Tim Wildschut (Universidad de Southampton) y de Clay Routledge (North Dakota State University) muestran que la nostalgia no solo implica melancolía, sino que también puede generar sentimientos positivos: conexión social, sentido de pertenencia, continuidad en la identidad e incluso esperanza (Zhou, Sedikides, Wildschut & Gao, 2008; Routledge, Wildschut, Sedikides & Juhl, 2013).
Así que no todo es tristeza: la nostalgia puede visitarnos con chispa y optimismo, y es desde esa mirada contemporánea que escribo esta entrada.
El otro día estaba en Guadalajara acomodando unas cosas y me topé con un álbum con fotos viejas. Ahí salíamos mi madre y yo viajando a Europa cuando no era tan común ir al otro lado del charco y menos dos mujeres solas, ¡y sin celulares! Entonces me llegaron los recuerdos de aquellas aventuras y caminatas con mapas enormes de papel en mano y de unos lugares que ya ni recordaba. No lo vi venir: la nostalgia se me coló sin avisar.
Lo curioso es que suele aparecer en los momentos menos solemnes. Aquí conviene aclarar algo sencillo: un recuerdo es simplemente lo que guardamos en la memoria —imágenes, escenas, olores, canciones— mientras que la nostalgia es la emoción que se despierta cuando uno de esos recuerdos nos toca el corazón. No es lo mismo acordarse que emocionarse al recordar, y ahí está la diferencia.
Dicho esto, se sabe que “Doña Nostalgia” no suele llegar solo cuando estamos filosóficos frente a la ventana, sino también mientras hacemos algo sencillo o buscamos un recibo en el cajón. Y ahí, de golpe, una foto, un olor o una canción nos transporta directo a una sobremesa familiar, a una aventura de viaje o a la voz de alguien que ya no está.
La teórica Svetlana Boym decía que la nostalgia puede ser un anhelo del pasado, y también un recurso para darle continuidad a quiénes somos. Esa continuidad ocurre porque, al recordar, unimos piezas de distintos momentos y vemos que seguimos siendo la misma persona que atravesó todo eso, aunque ya no seamos idénticos. Ella distinguía entre dos maneras de vivirla: la nostalgia que quiere restaurar el pasado, como si pudiéramos regresar a él tal cual, y la nostalgia que se vuelve reflexiva, la que observa el recuerdo con ternura o incluso con una sonrisa. Y varios psicólogos (como Sedikides y Wildschut), la consideran un pegamento de identidad: nos recuerda que no hemos sido siempre los mismos, que hay un hilo que conecta a la persona que fuimos con la que somos ahora.
Desde la Psicoterapia Gestalt, la nostalgia no se considera un problema en sí misma, sino una experiencia que aparece en el aquí y ahora. Se entiende que la nostalgia suele aparecer en momentos de pausa, de transición o de cambio: cuando el presente se tambalea y necesitamos mirar hacia atrás para recuperar sentido. En Gestalt se diría que surge como figura cuando hay un vacío o una necesidad de continuidad; mientras que la mirada humanista la reconoce como un recurso para reafirmar identidad y buscar coherencia en la propia historia.
Por eso no se trata de evadir, sino de integrar: la nostalgia aparece justo cuando necesitamos un puente entre lo que fuimos y lo que estamos siendo
Lo valioso es cómo nos relacionamos con ella: si nos conecta con partes auténticas de nuestra historia y nos nutre, puede ser un recurso; si se convierte en evasión del presente o en melancolía que nos paraliza, ahí se vuelve una interrupción del contacto. El riesgo de que la nostalgia se instale de manera permanente es que termine transformándose en depresión: quedarse atrapados en recuerdos sin poder volver al presente. Y ahí la cosa se complica, porque cuando la nostalgia se convierte en depresión ya no basta con esperar a que se vaya sola. La persona puede sentirse atrapada en un círculo de recuerdos idealizados que la desconectan del presente, y salir de ese estado suele requerir acompañamiento profesional o al menos apoyo cercano. No se trata de quitar el pasado, sino de recuperar la capacidad de mirar hacia adelante sin que la memoria sea un ancla que inmoviliza. La propuesta es acogerla como figura del momento, aquí y ahora, darle un lugar breve y luego volver al presente… y hasta con un toque de felicidad.
He aprendido a disfrutar la nostalgia sin quedarme hundida en ella o atrapada en la tristeza. Porque si algo me ha enseñado es que la memoria es selectiva: a veces recuerda solo lo que nos gustó y se le olvida lo incómodo, lo que hace que aparezca esa idea engañosa de que “los tiempos pasados siempre fueron mejores”. Y no, no sirve de mucho quedarse instalada ahí haciendo comparaciones. Lo que sí vale la pena es recorrer esos recuerdos como quien pasea por un museo personal: mirar con ternura, sorprenderse de lo vivido y reconocer dónde estoy ahora.
Además, algunos estudios ((Abeyta & Routledge, 2016, Puente-Díaz, 2021, Wang et al., 2023) sugieren que la nostalgia se intensifica cuando vamos haciéndonos mayores o atravesamos crisis. No como un castigo, sino porque en esos momentos de incertidumbre nuestra mente busca anclas emocionales. Recordar nos ayuda a reafirmar quiénes somos, a sentir que tenemos un hilo conductor en medio del desorden. Es como si, cuando el presente se tambalea, la memoria nos ofreciera una silla para sentarnos un rato y tomar aire.
Por eso recordar en crisis no es debilidad, es un mecanismo natural para darnos continuidad y sentido. El reto está en no quedarnos comparando, porque ahí siempre saldremos perdiendo: idealizar el pasado puede hacernos olvidar que también tuvo sus enredos y dolores. La memoria selectiva tiende a mostrar solo lo bonito, y en crisis esa comparación nos puede atrapar en un juego injusto e inútil. En esos momentos críticos, la nostalgia funciona casi como una brújula emocional que apunta hacia lo vivido y nos da fuerzas para seguir caminando. Y aunque la nostalgia suele asociarse con los adultos, también aparece en los jóvenes: para ellos puede ser la añoranza de la infancia, de amistades escolares, de parejas y amigos, o de la “época dorada” aunque sea algo reciente.
Investigadores de la Universidad de Southampton, como Constantine Sedikides y Tim Wildschut, han mostrado que la nostalgia opera como un recurso socioemocional: cuando aumentan la soledad o el estrés, se activa el recuerdo y, a su vez, mejoran la sensación de apoyo y pertenencia (Zhou, Sedikides, Wildschut & Gao, 2008; Wildschut, Sedikides, Routledge, Arndt & Cordaro, 2010). Clay Routledge (North Dakota State University) ha encontrado que los jóvenes también la viven con frecuencia y que les ayuda a afirmarse y a darle forma a su propia historia y propósito vital (Routledge, Wildschut, Sedikides & Juhl, 2013; Newman et al., 2019).
En pocas palabras: aun con menos años acumulados, la nostalgia funciona como un espejo amable que les permite reconocerse y reforzar su sentido de pertenencia.
Yo nunca he peleado con la nostalgia. Al contrario: me gusta dejarla entrar, recorrer con ella fotografías viejas, escuchar lo que tenga que decirme y después dejarla ir. Me cae bien, la recibo con gusto. Y cuando se va, me deja una sonrisa que casi nadie entiende por qué la traigo y un buen sabor de boca.
La próxima vez que me sorprenda, la saborearé un ratito y luego seguiré con lo que toque en la vida. Así la nostalgia se queda en visita breve, me regala su chispa y no me roba la agenda.
¿Y tú? ¿Cómo vives la nostalgia? Cuéntame tu experiencia en los comentarios, comparte esta entrada con quien quieras y hagamos de la nostalgia solo una visita feliz.
Con cariño,
Consuelo


Comentarios